Eduardo Galeano - Espejos
Los espejos están llenos de gente.
Los invisibles nos ven.
Los olvidados nos recuerdan.
Cuando nos vemos, los vemos.
Cuando nos vamos, ¿se van?
De deseo somos
| La vida, sin nombre, sin memoria, estaba sola. Tenía manos, pero no tenía a quién tocar. Tenía boca, pero no tenía con quién ha- blar. La vida era una, y siendo una era ninguna. Entonces el deseo disparó su arco. Y la flecha del deseo partió la vida al medio, y la vida fue dos. Los dos se encontraron y se rieron. Les daba risa verse, y tocar- se también. |
Caminos de alta fiesta
| ¿Adán y Eva eran negros? En África empezó el viaje humano en el mundo. Desde allí em- prendieron nuestros abuelos la conquista del planeta. Los diversos caminos fundaron los diversos destinos, y el sol se ocupó del repar- to de los colores. Ahora las mujeres y los hombres, arcoiris de la tierra, tenemos más colores que el arcoiris del cielo; pero somos todos africanos emigrados. Hasta los blancos blanquísimos vienen del África.Quizá nos negamos a recordar nuestro origen común porque el racismo produce amnesia, o porque nos resulta imposible creer que en aquellos tiempos remotos el mundo entero era nuestro rei- no, inmenso mapa sin fronteras, y nuestras piernas eran el único pasaporte exigido |
El metelíos
| Estaban separados el cielo y la tierra, el bien y el mal, el naci- miento y la muerte. El día y la noche no se confundían y la mujer era mujer y el hombre, hombre. Pero Exû, el bandido errante, se divertía, y se divierte todavía, armando prohibidos revoltijos. Sus diabluras borran las fronteras y juntan lo que los dioses ha- bían separado. Por su obra y gracia, el sol se vuelve negro y la no- che arde, y de los poros de los hombres brotan mujeres y las muje- res transpiran hombres. Quien muere nace, quien nace muere, y en todo lo creado o por crear se mezclan el revés y el derecho, hasta que ya no se sabe quién es el mandante ni quién el mandado, ni dónde está el arriba, ni dónde el abajo. Más tarde que temprano, el orden divino restablece sus jerar- quías y sus geografías, y pone cada cosa en su lugar y a cada cual en lo suyo; pero más temprano que tarde reaparece la locura. Entonces los dioses lamentan que el mundo sea tan ingobernable. |
Fundación del juego
| En la escuela me enseñaron que en el tiempo de las cavernas descubrimos el fuego frotando piedras o ramas. Desde entonces, lo vengo intentando. Nunca conseguí arrancar ni una humilde chispita. Mi fracaso personal no me ha impedido agradecer los favores que el fuego nos hizo. Nos defendió del frío y de las bestias enemi- gas, nos cocinó la comida, nos alumbró la noche y nos invitó a sen- tarnos, juntos, a su lado. |
Fundación de la belleza
| Están allí, pintadas en las paredes y en los techos de las cavernas. Estas figuras, bisontes, alces, osos, caballos, águilas, mujeres, hombres, no tienen edad. Han nacido hace miles y miles de años, pero nacen de nuevo cada vez que alguien las mira. ¿Cómo pudieron ellos, nuestros remotos abuelos, pintar de tan delicada manera? ¿Cómo pudieron ellos, esos brutos que a mano limpia peleaban contra las bestias, crear figuras tan llenas de gra- cia? ¿Cómo pudieron ellos dibujar esas líneas volanderas que es- capan de la roca y se van al aire? ¿Cómo pudieron ellos…? ¿O eran ellas? |
Verdores del Sáhara
| En Tassili y otras comarcas del Sáhara, las pinturas rupestres nos ofrecen, desde hace unos seis mil años, estilizadas imágenes de vacas, toros, antílopes, jirafas, rinocerontes, elefantes… ¿Esos animales eran pura imaginación? ¿O bebían arena los ha- bitantes del desierto? ¿Y qué comían? ¿Piedras? El arte nos cuenta que el desierto no era desierto. Sus lagos parecían mares y sus valles daban de pastar a los animales que tiempo después tuvieron que emigrar al sur, en busca del verdor perdido. |
¿Cómo pudimos?
| Ser boca o ser bocado, cazador o cazado. Ésa era la cuestión. Merecíamos desprecio, o a lo sumo lástima. En la intemperie enemiga, nadie nos respetaba y nadie nos temía. La noche y la sel- va nos daban terror. Éramos los bichos más vulnerables de la zoo- logía terrestre, cachorros inútiles, adultos pocacosa, sin garras, ni grandes colmillos, ni patas veloces, ni olfato largo. Nuestra historia primera se nos pierde en la neblina. Según pa- rece, estábamos dedicados no más que a partir piedras y a repartir garrotazos. Pero uno bien puede preguntarse: ¿No habremos sido capaces de sobrevivir, cuando sobrevivir era imposible, porque supimos de- fendernos juntos y compartir la comida? Esta humanidad de ahora, esta civilización del sálvese quien pueda y cada cual a lo suyo, ¿ha- bría durado algo más que un ratito en el mundo? |
Edades
| Nos ocurre antes de nacer. En nuestros cuerpos, que empiezan a cobrar forma, aparece algo parecido a las branquias y también una especie de rabo. Poco duran esos apéndices, que asoman y caen. Esas efímeras apariciones, ¿nos cuentan que alguna vez fuimos peces y alguna vez fuimos monos? ¿Peces lanzados a la conquista de la tierra seca? ¿Monos que abandonaron la selva o fueron por ella abandonados? Y el miedo que sentimos en la infancia, miedo de todo, miedo de nada, ¿nos cuenta que alguna vez tuvimos miedo de ser comi- dos? El terror a la oscuridad y la angustia de la soledad, ¿nos re- cuerdan aquel antiguo desamparo? Ya mayorcitos, los miedosos metemos miedo. El cazado se ha hecho cazador, el bocado es boca. Los monstruos que ayer nos acosaban son, hoy, nuestros prisioneros. Habitan nuestros zoológi- cos y decoran nuestras banderas y nuestros himnos. |
Primos
| Ham, el conquistador del espacio sideral, había sido cazado en África. Él fue el primer chimpancé que viajó lejos del mundo, el primer chimponauta. Se marchó metido en la cápsula Mercury. Tenía más cables que una central telefónica. Regresó al mundo sano y salvo, y el registro de cada función de su cuerpo demostró que también los humanos podíamos sobrevivir a la travesía del espacio. Ham fue tapa de la revista «Life»y pasó el resto de su vida en las jaulas de los zoológicos. |
Abuelos
| Para muchos pueblos del África negra, los antepasados son los espíritus que están vivos en el árbol que crece junto a tu casa o en la vaca que pasta en el campo. El bisabuelo de tu tatarabuelo es ahora aquel arroyo que serpentea en la montaña. Y también tu ancestro puede ser cualquier espíritu que quiera acompañarte en tu viaje en el mundo, aunque no haya sido nunca pariente ni cono- cido. La familia no tiene fronteras, explica Soboufu Somé, del pueblo dagara: —Nuestros niños tienen muchas madres y muchos padres. Tan- tos como ellos quieran. Y los espíritus ancestrales, los que te ayudan a caminar, son los muchos abuelos que cada uno tiene. Tantos como quieras. |
Breve historia de la civilización
| Y nos cansamos de andar vagando por los bosques y las orillas de los ríos. Y nos fuimos quedando. Inventamos las aldeas y la vida en co- munidad, convertimos el hueso en aguja y la púa en arpón, las he- rramientas nos prolongaron la mano y el mango multiplicó la fuerza del hacha, de la azada y del cuchillo.Cultivamos el arroz, la cebada, el trigo y el maíz, y encerramos en corrales las ovejas y las cabras, y aprendimos a guardar granos en los almacenes, para no morir de hambre en los malos tiempos. Y en los campos labrados fuimos devotos de las diosas de la fe- cundidad, mujeres de vastas caderas y tetas generosas, pero con el paso del tiempo ellas fueron desplazadas por los dioses machos de la guerra. Y cantamos himnos de alabanza a la gloria de los re- yes, los jefes guerreros y los altos sacerdotes. Y descubrimos las palabras tuyoy mío y la tierra tuvo dueño y la mujer fue propiedad del hombre y el padre propietario de los hijos. Muy atrás habían quedado los tiempos en que andábamos a la deriva, sin casa ni destino. Los resultados de la civilización eran sorprendentes: nuestra vida era más segura pero menos libre, y trabajábamos más horas. |
Fundación de la civilización
| Los pigmeos, que son de cuerpo corto y de memoria larga, re- cuerdan los tiempos de antes del tiempo, cuando la tierra estaba encima del cielo. Desde la tierra caía sobre el cielo una lluvia incesante de polvo y de basura, que ensuciaba la casa de los dioses y les envenenaba la comida. Los dioses llevaban una eternidad soportando esa descarga mugrienta, cuando se les acabó la paciencia. Enviaron un rayo, que partió la tierra en dos. Y a través de la tie- rra abierta lanzaron hacia lo alto el sol, la luna y las estrellas, y por ese camino subieron ellos también. Y allá arriba, lejos de nosotros, a salvo de nosotros, los dioses fundaron su nuevo reino. Desde entonces, estamos abajo. |
Fundación de las clases sociales
| En los primeros tiempos, tiempos del hambre, estaba la primera mujer escarbando la tierra cuando los rayos del sol la penetraron por atrás. Al rato nomás, nació una criatura. Al dios Pachacamac no le cayó nada bien esa gentileza del sol, y despedazó al recién nacido. Del muertito, brotaron las primeras plantas. Los dientes se convirtieron en granos de maíz, los huesos fueron yucas, la carne se hizo papa, boniato, zapallo… La furia del sol no se hizo esperar. Sus rayos fulminaron la costa del Perú y la dejaron seca por siempre jamás. Y la venganza culmi- nó cuando el sol partió tres huevos sobre esos suelos. Del huevo de oro, salieron los señores. Del huevo de plata, las señoras de los señores. Y del huevo de cobre, los que trabajan. |
Siervos y señores
| El cacao no necesita sol, porque lo lleva adentro. Del sol de adentro nacen el placer y la euforia que el chocolate da. Los dioses tenían el monopolio del espeso elixir, allá en sus altu- ras, y los humanos estábamos condenados a ignorarlo. Quetzalcóatl lo robó para los toltecas. Mientras los demás dio- ses dormían, él se llevó unas semillas de cacao y las escondió en su barba y por un largo hilo de araña bajó a la tierra y las regaló a la ciudad de Tula. La ofrenda de Quetzalcóatl fue usurpada por los príncipes, los sacerdotes y los jefes guerreros. Sólo sus paladares fueron dignos de recibirla. Los dioses del cielo habían prohibido el chocolate a los mortales, y los dueños de la tierra lo prohibieron a la gente vulgar y silvestre. |
Dominantes y dominados
| Dice la Biblia de Jerusalén que Israel fue el pueblo que Dios eli- gió, el pueblo hijo de Dios. Y según el salmo segundo, a ese pueblo elegido le otorgó el do- minio del mundo: Pídeme, y te daré en herencia las naciones
y serás dueño de los confines de la tierra. Pero el pueblo de Israel le daba muchos disgustos, por ingrato y por pecador. Y según las malas lenguas, al cabo de muchas ame- nazas, maldiciones y castigos, Dios perdió la paciencia. En el año 1900, el senador de los Estados Unidos, Albert Beve- |
Fundación de la división del trabajo
| Dicen que fue el rey Manu quien otorgó prestigio divino a las castas de la India. De su boca, brotaron los sacerdotes. De sus brazos, los reyes y los guerreros. De sus muslos, los comerciantes. De sus pies, los siervos y los artesanos. Y a partir de entonces se construyó la pirámide social, que en la India tiene más de tres mil pisos. Cada cual nace donde debe nacer, para hacer lo que debe ha- cer. En tu cuna está tu tumba, tu origen es tu destino: tu vida es la recompensa o el castigo que merecen tus vidas anteriores, y la he- rencia dicta tu lugar y tu función. El rey Manu aconsejaba corregir la mala conducta: Si una perso- na de casta inferior escucha los versos de los libros sagrados, se le echará plomo derretido en los oídos; y si los recita, se le cortará la lengua. Estas pedagogías ya no se aplican, pero todavía quien se sale de su sitio, en el amor, en el trabajo o en lo que sea, arriesga escarmientos públicos que podrían matarlo o dejarlo más muerto que vivo. Los sincasta, uno de cada cinco hindúes, están por debajo de los de más abajo. Los llaman intocables, porque contaminan: mal- ditos entre los malditos, no pueden hablar con los demás, ni cami- nar sus caminos, ni tocar sus vasos ni sus platos. La ley los protege, la realidad los expulsa. A ellos, cualquiera los humilla; a ellas, cual- quiera las viola, que ahí sí que resultan tocables las intocables. A fines del año 2004, cuando el tsunami embistió contra las cos- tas de la India, los intocables se ocuparon de recoger la basura y los muertos. Como siempre. |
Fundación de la escritura
| LCuando Irak aún no era Irak, nacieron allí las primeras palabras escritas. Parecen huellas de pájaros. Manos maestras las dibujaron, con cañitas afiladas, en la arcilla. El fuego, que había cocido la arcilla, las guardó. El fuego, que aniquila y salva, mata y da vida: como los dioses, como nosotros. Gracias al fuego, las tablillas de barro nos siguen contando, ahora, lo que había sido contado hace miles de años en esa tierra entre dos ríos. En nuestro tiempo, George W. Bush, quizá convencido de que la escritura había sido inventada en Texas, lanzó con alegre impuni- dad una guerra de exterminio contra Irak. Hubo miles y miles de víc- timas, y no sólo gente de carne y hueso. También mucha memoria fue asesinada. Numerosas tablillas de barro, historia viva, fueron robadas o destrozadas por los bombardeos. Una de las tablillas decía: Somos polvo y nada. Todo cuanto hacemos no es más que viento. |
De barro somos
| Según creían los antiguos sumerios, el mundo era tierra entre dos ríos y también entre dos cielos. En el cielo de arriba, vivían los dioses que mandaban. En el cielo de abajo, los dioses que trabajaban. Y así fue, hasta que los dioses de abajo se hartaron de vivir tra- bajando, y estalló la primera huelga de la historia universal. Hubo pánico. Para no morir de hambre, los dioses de arriba amasaron de ba- rro a las mujeres y a los hombres y los pusieron a trabajar para ellos. Las mujeres y los hombres fueron nacidos de las orillas de los ríos Tigris y Éufrates. De ese barro fueron hechos, también, los libros que lo cuentan. Según dicen esos libros, morir significa regresar al barro. |
Marco Hernández G :
Date: September 4, 2008 @ 3:48 pm
Excelente libro de Eduardo Galeano…simple y sencillamente excelente.
jijijijijiji :
Date: October 26, 2008 @ 8:22 pm
jajajaja

la wea mas fome q e leido en toda mi vida
jajajaj
xD
{:¬)
(-_-)
(^_^)
patricia liliana cabrejo rojas :
Date: April 8, 2009 @ 10:38 am
sensillamente espectacular me encantaria tener un contacto con el para preguntarle alguas cosas erse admirable la manera como has hecho simbologia con el lenguaje es espectacular me haces cosquillas en cada fragmento que leo del libro cada fragmento te lleva al cielo la mente te la agiliza pero de una manera bella te da luz es orgasmica ers estraordinario gracias dios por todavia darnos esa clase de lecturas que alimentan el alma gracis por tu libro sigue adelante y que sigan los exitos patty espero en algun momento conocerte
Silvia González Adriano :
Date: September 8, 2009 @ 11:37 am
Me encanta Espejos; todo lo que escribe Eduardo Galeano me encanta. Me siento feliz porque me siento acompañada y comprendida además de ilustrada por alguien de tanto talento. Gracias.
HECTOR . ESPINOZA :
Date: December 28, 2009 @ 8:33 am
Vivo en la ciudad de Colima, Col., no existen buenas librerìas en esta ciudad. En Liberpool ayer lo busqué pero ni lo conocen.
Me gustaría, ver la forma de adquirirlo.